
En otros tiempos, la Publicidad tenía que abrirse camino oponiéndose a la política del secreto practicada por el absolutismo: se esforzaba por someter personalidades y problemas a la discusión pública, arreglándoselas para que las decisiones políticas fueran revisables ante el tribunal de la opinión pública. Hoy, en cambio, la «Publicidad» es impuesta con ayuda de una política del secreto practicada por los grupos interesados: esta publicidad confiere prestigio público a las personalidades o a las cosas, haciéndolas con ello susceptibles de ser admitidas sin reservas ni discusión en el seno de un clima de opinión no pública. La expresión misma «trabajo publicitario» revela que la «Publicidad» no puede ser más que algo fabricado a tenor de las circunstancias y día a día, mientras que antes estaba dada por la misma posición de los «representantes» y garantizada en su continuidad por una simbología arraigada en la tradición. En la actualidad hay que crear las ocasiones que activan el proceso de identificación: la «Publicidad» tiene que ser «hecha», no está «dada». Es lo que R. Altman ha sabido definir muy, expresivamente al calificar a este fenómeno de acto de «comunicacionismo». La eficacia inmediata de la «Publicidad» no se agota en crear ese impacto publicitario no comercial que se expresa bajo la forma de una atmósfera de bienvenida que induce una actitud de asentimiento. Esta forma nueva de la «Publicidad» se preocupa también de influir sobre las decisiones de los consumidores y desemboca en el ejercicio de una presión política en la medida en que moviliza un potencial de asentimiento indiferenciado que, en un momento de necesidad, puede ser convertido en un plebiscito aclamatorio cuyo objetivo es entonces bien preciso. La «Publicidad» actual sigue vinculada a la esfera pública burguesa en la medida en que las estructuras institucionales que legitiman a ésta siguen estando en vigor. La «Publicidad» demostrativa no adquiere, por lo demás, eficacia en el plano político más que a partir del momento en que es capaz de acreditar o hasta de hacer efectivo un capital fiable, o realmente solvente, de decisiones de voto potenciales. Y esta «solvencia» constituye, en efecto, la tarea de los partidos políticos.
Habermas, J., Historia y crítica de la opinión pública, Gustavo Pili, Barcelona, 1981.
Habermas, J., Historia y crítica de la opinión pública, Gustavo Pili, Barcelona, 1981.

