
Hoy en los sistemas industrialmente más desarrollados hay que emprender enérgicamente la tentativa de tomar conscientemente las riendas de esa mediación, que hasta el momento se ha impuesto en términos de historia natural, entre el progreso técnico y la práctica de la vida de las grandes sociedades industriales. No es éste el lugar para discutir las condiciones sociales, políticas y económicas, de las que tendría que depender una política central de investigación a largo plazo. No basta con que un sistema social cumpla las condiciones de racionalidad técnica. Aun cuando fuera realizable el sueño cibernético de una auto-estabilización “cuasiinstintual”, el sistema de valores tendría que haberse reducido para entonces a las reglas de maximización del poder y del bienestar y al equivalente del valor biológico básico de la supervivencia a cualquier precio, a la ultra-estabilidad. La especie humana se ve así desafiada, por las consecuencias socioculturales no planificadas del progreso técnico mismo, no sólo a conjurar como ya lo ha hecho su destino social, sino también a aprender a dominarlo. Pero a este desafío de la técnica no podemos hacerle frente únicamente con la técnica. Lo que hay que hacer, más bien, es poner en marcha una discusión políticamente eficaz que logre poner en relación de forma racionalmente vinculante el potencial social de saber y poder técnicos con nuestro saber y querer prácticos.
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Esta dialéctica de poder y voluntad se cumple hoy de forma no reflexiva, al servicio de intereses para los que ni se exige ni se permite una justificación pública. Sólo cuando fuéramos capaces de sostener esta dialéctica con conciencia política, podríamos también tomar las riendas de la mediación de progreso técnico con la práctica de la vida social, mediación que hasta el momento se impone en términos de historia natural. Y como esto es un asunto de reflexión, no puede ser sólo negocio de especialistas. La sustancia del dominio no se evapora ante el poder de dominación técnica solamente, ya que tras ese poder puede muy bien atrincherarse. La irracionalidad del dominio, que se ha convertido en un peligro colectivo en el que nos va la vida, sólo podría ser domeñada a través de una formación política de la voluntad colectiva ligada a una discusión general y libre de dominio sólo cabe esperarla de un estado de cosas que favorezca el poder político de una reflexión vinculada al diálogo. La fuerza liberadora de la reflexión no puede ser sustituida por la difisuón del saber técnicamente utilizable.
Habermas, J., Ciencia y Técnica como

2 comentarios:
Los mass media se han convertidos en comodidades en vez de herramientas para discurso público. Habermas es una gran crítica de la influencia publicitaria en la esfera comercial. Sin embargo, Habermas acerca la situación con optimismo, surgiendo una solución para evitar la presura de esa influencia externa. Por eso, propone la teoría de discurso en público. De esta proposición alcance la llamada democracia comunicativa.
Habermas está en desacuerdo con el pesimismo de la escuela de Frankfurt con respecto a la sociedad moderna. Él tiene prospectivos positivos para la raza humana. Podemos progresar, somos una especie con mucha potencial de desarrollo gracias a nuestra habilidad de lenguaje y de entender uno al otro. “La esfuerza liberadora de la reflexión no puede ser sustituida por la difusión del saber técnicamente utilizable.” La última frase de este estrato dibuja la liberación imperativa de un mundo cerrado por la tecnología – a través del conocimiento, “el saber y querer prácticos” del ser humano.
Habermas tiene mucha fe en la racionalidad humana, con la condición que se la utiliza en una esfera democrática y no para dictar y dominar. Habermas no está condenando el éxito de las ciencias y la tecnología, solamente no quiere que el ser humana se queda atrás, mientras que el mundo se “tecnologiza” cada vez más, antes que nos convertimos en robots sin emociones propias, ni libre albedrio, ni aspiraciones por el futuro.
La discusión como medio de emancipación
La racionalidad técnica se ha impuesto de tal manera en la sociedad actual que no sólo ha modificado, con respecto a los anteriores, los estilos o formas de vida, sino que además ha conseguido ejercer una plena dominación sobre ésta. Prueba de ello es que hoy en día nos resulta inadmisible no poseer todos aquellos objetos fruto de la tecnología, de los que nuestros antepasados no dispusieron, y de los que además no contaron con la necesidad de tenerlos. De ahí que nos parezca increíble, y en ocasiones, hasta motivo de burla, que en las casas no exista televisión o que uno de nuestros familiares o amigos no tenga móvil. Ahora bien, si las civilizaciones anteriores fueron capaces de vivir de manera digna en años anteriores sin hacer uso de las nuevas tecnologías, lo que debemos preguntarnos ahora es a qué se debe la gran dependencia que existe hacia ellas en la actualidad.
En un primer momento, el desarrollo tecnológico permitió una mejora para los medios de comunicación, puesto que la información, además de transmitirse de manera más rápida y fluida, alcanzaba un radio de conexión mucho más amplio. Así, por ejemplo, si continuamos con los dos ejemplos anteriores, la televisión nos permitió conocer lo que ocurría en cualquier lugar del mundo, mientras que el teléfono móvil logró la comunicación entre personas a miles de kilómetros de distancia. Sin embargo, su integración también supuso un cambio en la sociedad, dado que el segundo de sus objetivos era lograr una vida mucho más fácil y cómoda para los seres humanos. De esta manera, basta con encender un botón para saber las noticias más importantes del día, o tan sólo marcar un número para ponernos en contacto con otra persona indistintamente de dónde se halle en ese momento.
Hasta aquí, todo parece correcto. El problema comienza a surgir cuando la tecnología se convierte en una necesidad, y se desarrolla plenamente cuando ésta se convierte en el motor que mueve la vida social. Este control que la tecnología ejerce sobre nosotros se demuestra cuando, como ya comentaba anteriormente, poseer una televisión o un móvil se vuelve absolutamente imprescindible en las vidas, si no de todos, al menos de la mayor parte de los individuos, o cuando abandonamos o sustituimos antiguas prácticas por otras que incluyen a las nuevas tecnologías. Así, cada vez más preferimos ver la televisión u observar los titulares en Internet, antes que leer el periódico; o bien, nos decantamos por el continuo envío de mensajes por móvil antes que escribir a mano y enviar posteriormente por correo una carta.
Sin embargo, la verdadera dificultad que impone la presencia de estas innovaciones en nuestra cotidianeidad es que están aniquilando la libertad de juicio y el poder que nosotros anteriormente teníamos sobre nuestras vidas. En primer lugar, han eliminado nuestra libertad de juicio, puesto que la fascinación y admiración del resultado de estos avances, ha hecho que creamos que cualquier información que proceda de ellos sea verdadera, sin someterlas a una reflexión personal, tal y como ocurre con las noticias expuestas en el telediario. Mientras que por otro lado, hemos perdido capacidad de control sobre nuestras vidas, debido a que nuestro día ha pasado ha ser organizado en función de lo que determinen las nuevas tecnologías, ya sea por el horario establecido en la programación de la televisión o ya sea por el sonido de la llamada del móvil, por seguir con los ejemplos.
Necesitamos salir de este mundo condicionado por la tecnología, ser libres y “emanciparnos” tal y como sostiene Habermas en el artículo, de manera que empecemos a pensar por nosotros mismos. Al menos que seamos capaces de preguntarnos: ¿realmente requerimos de las nuevas tecnologías?, ¿nos aportan algo “novedoso” a nuestra vida, o por el contrario están limitando mis posibilidades de desarrollo en ella? Quizás sólo sea el miedo a que nos califiquen como “raros” por no hacer uso de las nuevas tecnologías, o quizás sean ellos los “raros” por dejarse llevar por las mismas y desaprovechar el poder que cada uno tiene sobre su vida…
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